Shkodër se encuentra situada en el lado albanés del lago Skadar, que, evidentemente, aquí se llama Shkodër. Es una ciudad de unos 130.000 habitantes, y su primer efecto sobre mí fue romper todos mis estereotipos e ideas preconcebidas de Albania. Es una ciudad limpia, con un centro peatonal, donde mucha gente se desplaza en bicicleta, con muchos cafés y bares con terrazas... y vacía en verano a las cuatro de la tarde.
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Calle peatonal de Shkodër. Es la hora de la siesta y solo hay un despistado además de mí |
Otra cosa sorprendente de la ciudad es que los perros callejeros están marcados y llevan una chapa de plástico en la oreja similar a la que a veces se ve en las vacas.
También aprendí en ella que comer en Albania iba a ser muy gratificante y por muy poco dinero. Eso sí, muchas veces no sé ni lo que pido, me intento aclarar con el camarero y, si no llegamos a entendernos, doy por bueno lo que me traiga. Ventaja de comer de todo y de que la comida sea barata.
Además del centro peatonal de la ciudad, con casas de estilo italiano, una de las visitas obligadas es el castillo Rozafa, de origen veneciano, a unos dos kilómetros de la ciudad, desde el que se tienen unas vistas espectaculares de la ciudad y los alrededores.
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Vista desde el castillo de Rozafa |
Después de un par de días (relativamente) tranquilos, y después de sopesar cómo llegar y cómo distribuir la visita a los dos valles, me dirigí a uno de los grandes alicientes de este país: los valles de Valbona y Theth.
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Parte de las ruinas del castillo (si no pongo unas piedras, no me quedo a gusto) |
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